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Johanna Domínguez rastrilla hierba cortada en el traspatio de la escuela Pedro G. Goyco. Credit: Foto: Ankur Singh para The Hechinger Report

SAN JUAN, Puerto Rico — Un día calcinante de febrero, Johanna Domínguez estaba sentada afuera de la clausurada escuela Pedro G. Goyco en Santurce, un vecindario de San Juan, Puerto Rico. Vestía una camiseta con una versión en blanco y negro de la bandera puertorriqueña como símbolo de luto y resistencia.

Domínguez había venido a hacer resistencia.

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Había sido alumna de Goyco cuando niña y vivía a pocas cuadras de distancia cuando, en 2013, el Departamento de Educación cerró la escuela. “Escuché el último timbre de esta escuela”, dijo. “Me daba mucha tristeza ver la escuela cerrada”.

Domínguez es parte de un grupo activista del vecindario que lucha por retomar la escuela abandonada y convertirla en un centro cultural y de arte comunitario. El edificio, que lleva el nombre de un médico del siglo 19 que era también periodista, abolicionista y político, es inmenso, con puertas de arco, ventanas de hierro forjado que se están oxidando y columnas griegas. Domínguez hablaba por encima del ruido de un generador mientras residentes entraban y salían llevando una manguera de agua a presión y tijeras de podar plantas. Vienen la mayoría de los sábados para limpiar el edificio poco a poco.

“Es una estructura preciosa, hermosísima y es una estructura histórica, tiene más de 100 años”, dijo ella. “Pero la verdad es que ha sido tan descuidadamente abandonada como nuestro sistema de educación”.

El sol brilla en un pasillo vacío del segundo nivel de la ex escuela Pedro G. Goyco en San Juan. Credit: Foto: Ankur Singh para The Hechinger Report

Goyco es una de más de 600 escuelas públicas en Puerto Rico que se han cerrado en la última década. Los activistas aquí forman parte de un creciente grupo de residentes movilizados para convertir las escuelas cerradas en toda la isla en centros comunitarios. Muchas escuelas cerraron debido a la disminución de poblaciones estudiantiles. Pero, a pesar de la reducción de alumnos, las escuelas todavía servían un propósito secundario como núcleos comunitarios, los cuales los residentes están resueltos a recuperar.

“La verdad es que [la escuela] ha sido tan descuidadamente abandonada como nuestro sistema de educación”.

Un éxodo masivo de residentes de la isla, sumado a una deuda enorme, ha impulsado los cierres de escuelas. Medio millón de personas se marcharon de Puerto Rico en la última década, primero cuando el gobierno recortó servicios en un esfuerzo por tratar de pagar la deuda de $123 mil millones, y luego como consecuencia de la catástrofe del Huracán María. En comparación con el año 2010, hoy hay casi 250,000 menos niños en las escuelas públicas de kindergarten al grado 12 en Puerto Rico, una reducción del 45 por ciento.

Taína Moscoso Arabía, una residente y activista de mucho tiempo en Santurce, dijo que el departamento de educación dijo a los residentes en 2013 que Goyco tenía un bajo rendimiento. Con la esperanza de elevar el rendimiento académico de los estudiantes, su organización, la Asociación de Residentes Machuchal Revive, o ARMaR, comenzó un programa para los niños de Goyco después del horario de clases. Los activistas de ARMaR — siglas que a su vez forman una palabra que significa “juntar” — consideraron que si ellos podían ayudar a los alumnos a elevar sus grados, tal vez el departamento de educación mantuviera abierta la escuela. “¿En vez de hacer [la escuela] efectiva, pues, la solución era cerrarla? Para nosotros, esto no tenía sentido”, dijo ella. “Pero tratábamos entonces, si esta era la razón, contrarrestarla con un programa”.

Sin embargo, en 2013 solamente 100 alumnos se habían matriculado en Goyco, y casi 2,000 niños menos que tres años antes vivían en el vecindario de 8.5 millas cuadradas.

Nilsa Otero Cordero, superintendente de las escuelas de San Juan, dijo en una declaración enviada por correo electrónico que la baja matrícula de Goyco era la razón por haberla cerrado. Los niños de Goyco fueron enviados a cuatro escuela diferentes, pero debido a la continuada disminución de la población estudiantil, una de esas escuelas cerró también el año pasado, añadió.

Moscoso Arabía dijo que las familias tuvieron dificultades para encontrar un transporte que fuera confiable y costeable para ir a sus nuevas escuelas. Muchos se mudaron a diferentes vecindarios, y algunos finalmente se marcharon hacia el territorio continental de Estados Unidos.

Entre recortes presupuestales y cierres, muchos maestros también se marcharon de la isla.

En 2009 Rossana Rodríguez-Sánchez era maestra de teatro de secundaria en Puerto Rico. Ganaba $1,500 al mes y compraba sus propios materiales escolares. La escuela siempre sufría escasez de recursos, pero ella dijo que las condiciones de trabajo para los maestros empeoraron cuando el gobierno puertorriqueño aprobó la Ley 7, que permitía dejar fuera de sus empleos a casi 25,000 empleados públicos en un intento por reducir la creciente deuda de la isla. Rodríguez-Sánchez permaneció empleada, pero le dejaron el mismo salario a pesar de que el número de los alumnos en su clase aumentó enormemente.

Las sillas frente a la pizarra en una de las aulas vacías de la escuela Goyco en San Juan. Credit: Foto: Ankur Singh para The Hechinger Report

“Tenía unos 40 y tanto alumnos. No había sillas para todos. Tenía alumnos de séptimo, octavo y noveno grados todos juntos en una misma aula. Era una locura”.

Rodríguez-Sánchez trató de encontrar un empleo diferente, pero no pudo conseguir uno en la isla. En octubre de 2009 encontró trabajo en Chicago como directora residente de una organización de teatro juvenil. “Cuando me fui tuve un gran sentido de culpa porque me había marchado de una escuela con un grupo increíble de maestros”, dijo. “Pensé que yo tenía la oportunidad de irme y ellos no. Tenían que quedarse. Y tienen que continuar trabajando en esas condiciones”. Diciendo esto, comenzó a llorar.

Cuando llegó a su nuevo empleo, el contraste fue fuerte. “Cuando llegué allí, me dieron una tarjeta de crédito y yo me quedé de una pieza. ‘Espere, ¿qué es esto?’ Y ellos respondieron, ‘Usted puede comprar todo lo que necesite para trabajar con jóvenes’”

Hizo una pausa. “Yo acababa de llegar de Puerto Rico, donde no tenía sillas para mis alumnos. Y de repente todo era completamente diferente. Era una inversión. Podía tener cualquier cosa que necesitara para que mis estudiantes tuvieran éxito”.

La escuela secundaria en la que ella trabajaba en Puerto Rico — Alcides Figueroa — cerró hace tres años. “Cuando vi que la escuela había cerrado, me sentí como que no tenía salida”, continuó, “porque no iban a traer más recursos. Eso no iba a ocurrir de ninguna manera. Así que era triste verla cerrada, pero era de esperar”.

La investigación sobre el impacto que tiene el cierre de escuelas en los niños y las comunidades no es definitivo, pero el efecto parece ser crecientemente negativo para niños y comunidades de bajo ingreso. Estudios nacionales y en ciertos lugares específicos han demostrado que algunas veces el rendimiento académico de los niños mejora en sus nuevas escuelas. Otras veces, se reduce. El libro de la socióloga Eve Ewing, “Fantasmas en el patio de la escuela” (Ghosts in the Schoolyard)”, cuenta la historia de un devastador cierre masivo en 2013 de 50 escuelas en Chicago, escuelas a la que asistían en gran medida alumnos afroamericanos de bajo ingreso. La autora llama “duelo institucional” a lo que le ocurre a las comunidades cuando las escuelas cierran.

En el pueblo afro-puertorriqueño de Loíza, los residentes convirtieron ese duelo en acción. Cuando la escuela del barrio — Parcelas Suárez — cerró hace siete años, el grupo Junta Comunitaria intervino. Temían que si el edificio permanecía vacante, la gente iba a comenzar a usarlo como un nido de drogas. La Junta Comunitaria compitió con otras organizaciones para tomar control de la escuela y finalmente la ciudad le concedió acceso.

Cuando entraron en la escuela se sintieron tranquilos de no encontrar drogas. Hoy, Parcelas Suárez está ocupadísima con actividades comunitarias: ferias de salud, intercambio de ropas, clases de educación para adultos. Alexis Allende, un líder comunitario, dijo que los que todavía viven en el pueblo son principalmente personas mayores y otros con problemas crónicos de salud. Los esfuerzos comunitarios en Loíza aseguran que la antigua escuela sirve ahora las necesidades de los residentes que quedan.

Los activistas en Santurce abrigan la esperanza de crear un espacio similar de múltiple uso en Goyco, pero sus preocupaciones acerca del futuro de la escuela son casi opuestas a las de los residentes de Loíza. Dicen que la restauración y el consiguiente aburguesamiento se han acelerado en los últimos años. El ingreso promedio en Santurce se elevó casi 20 por ciento entre 2010 y 2017. Actualmente, Goyco está situado como un sándwich entre un edificio semi-demolido y un restaurante al aire libre que sirve platos de alto precio y café espresso.

Más de 600 escuelas públicas en Puerto Rico se han cerrado en la última década.

Los turistas y los puertorriqueños más adinerados del cercano vecindario de Condado son clientes potenciales de los nuevos negocios. Los residentes dicen que los lugares tradicionales donde la comunidad solía reunirse han desaparecido, lo cual ha hecho más dolorosa la pérdida de la escuela.

“La Calle Loíza siempre ha sido área comercial, pero tenía negocios que servían tantos a nuestras necesidades”, dijo Moscoso Arabía. “Todo ha sido sustituido por restaurantes caros que no son para los residentes”.

Un voluntario usa un lavador de presión para limpiar una de las escaleras de la escuela Pedro G. Goyco en San Juan. Credit: Foto: Ankur Singh para The Hechinger Report

Lydia Platón, otra activista en la lucha por transformar a Goyco, explicó que mediante la conversión de la escuela en un espacio cultural y de arte comunitario, los residentes están “tratando de revivir algo que nuestra calle ha perdido”. Añadió que un objetivo clave de su lucha es preservar el carácter del vecindario. “Necesitamos que el edificio no se convierta en un hotel boutique”.

Funcionarios de la ciudad cedieron el control del edificio a activistas locales hace un año. Ellos co-administrarán Goyco junto con la ciudad de San Juan hasta 2020.

Los activistas usan la palabra “rescatar” para describir lo que están tratando de hacer con Goyco. A pesar de haberse reducido la población infantil en el vecindario, miles de niños todavía viven en Santurce. Goyco ya no educa a los jóvenes en el sentido tradicional, pero los activistas tienen la esperanza de que si pueden llenar la escuela con programas para los que todavía quedan, podrán mantener la cultura de la comunidad de la Calle Loíza, — a pesar de nuevos residentes de más alto ingreso y de los negocios que los sirven — y convencer a más residentes de largo plazo a que se queden.

Cuando se le preguntó cuáles eran sus esperanzas para Goyco, Domínguez, la ex alumna de Goyco, respondió sonriendo: “¡Ay!”. Ella tiene muchas ideas: servicios de tutoría, una biblioteca, un teatro, una cocina, asesores, trabajadores sociales. Un sitio donde todos se sientan bienvenidos. “Sí”, dijo, “este es mi sueño”.

Este artículo sobre las escuelas de Puerto Rico lo produjo The Hechinger Report, una organización de noticias independiente sin fines de lucro enfocada en la desigualdad y la innovación en la educación. Inscríbase al boletín informativo de Hechinger.

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